Viajar está sobrevalorado. Lo digo en serio.
Una opinión que incomoda a casi todo el mundo: el turismo industrial no me aporta nada, la masificación destruye la experiencia y "viajar abre la mente" es, en muchos casos, una frase hecha.
Hay opiniones que uno aprende rápido a no decir en voz alta. "No me gusta viajar" es una de ellas. La reacción suele ser inmediata: incredulidad, un intento de convencerte de que estás equivocado, y en el mejor de los casos, una mirada de lástima. Como si te faltara algo. Como si hubiera una experiencia humana fundamental a la que llevas años renunciando por error.
No es un error. Es una conclusión a la que llegué hace mucho tiempo, antes incluso de haber hecho mi primer viaje. Y cuanto más he viajado, más convencido estoy de ella.
El modelo turístico industrial no está diseñado para descansar
Hay una contradicción en el centro del turismo moderno que nadie parece querer ver: las vacaciones existen para descansar, y los viajes organizados son estructuralmente incompatibles con el descanso.
Empiezan antes de salir. Los vuelos tienen horarios que no negocias, y alrededor de esos horarios se organiza todo lo demás. Llegas al aeropuerto con un margen que te han dicho que necesitas, esperas, embarcas, aterrizas, buscas el transporte, llegas al alojamiento. Ya llevas horas invertidas en no hacer nada útil.
Y una vez allí, el tiempo apremia. Un viaje típico dura cinco días. Si descontamos el primero y el último —viaje, instalación, deshacer maletas— quedan tres días reales. Tres días para ver todo lo que hay en una ciudad que lleva siglos acumulando cosas que ver. El resultado es un itinerario. Una lista. Un horario que parece de trabajo.
Nunca he entendido la lógica de ir de vacaciones a hacer más cosas de las que haces normalmente, a mayor velocidad y en peores condiciones.
Las colas no aparecen en las fotos
Hay algo que Instagram y los reportajes de televisión tienen en común: nunca muestran las colas.
Las fotos de los grandes monumentos siempre están tomadas al amanecer, sin nadie alrededor, con una luz perfecta que ningún turista que llegue a las once de la mañana va a ver jamás. La realidad es otra. En un viaje de cinco días puedes dedicar uno entero —sumando— a esperar. Colas para entrar, colas para pagar, calles tan llenas de gente que hay literalmente atascos de peatones. El agobio no es solo físico. Es la conciencia constante de que estás perdiendo tiempo que ya de por sí escasea.
Lo comprobé de primera mano en Chichén Itzá. La primera impresión al llegar a la pirámide no fue asombro. Fue: qué pequeña es. Todo lo que había visto en fotografías la encumbraba como algo monumental, y la realidad no encajaba con esa imagen. Lo que sí fue monumental fue el calor. Recorrí el resto del complejo con un amago de insolación que no estaba en ningún folleto.
La distancia entre lo que vemos en internet y lo que encontramos cuando llegamos es, en muchos destinos, enorme. Los ángulos de cámara ocultan la masificación. La edición elimina los cubos de basura. Los filtros hacen el trabajo que la realidad no puede hacer.
La dinámica de grupo: convivir con quienes no convives
La mayoría de mis viajes han sido en grupo. Y el grupo, cuando se trata de viajar, es el factor que más deteriora la experiencia.
No porque la gente con la que he viajado sea mala compañía. El problema es estructural. Viajar en grupo significa compartir espacios durante días con personas con las que no compartes tu vida cotidiana. Cada uno tiene sus manías, sus ritmos, sus preferencias. Y todas esas decisiones que en casa cada uno resuelve de forma autónoma, en un viaje hay que negociarlas constantemente.
Soy una persona que necesita mucho espacio e independencia. No es algo que pueda desactivar por estar de vacaciones. El resultado es que en algún momento del viaje llega un punto de saturación que hay que gestionar en silencio, porque crear mal ambiente solo empeora las cosas. La solución práctica es hacer como que algo llama tu atención por el camino, detenerte un momento, y dejar que el grupo avance unos pasos. Buscarse los propios momentos de soledad dentro de un plan que no los contempla.
Es un nivel de gestión emocional que no debería ser necesario en unas vacaciones.
Sí, la experiencia directa es diferente. No es suficiente.
Quiero ser preciso aquí, porque no quiero construir un argumento que no sostengo.
Entrar en una catedral gótica y tener que torcer el cuello hacia arriba para abarcar el techo no es lo mismo que verlo en un documental. La luz cambiando a través de las vidrieras, la escala de todo, el silencio dentro a pesar del ruido fuera — eso no lo captura ninguna cámara. Lo sé porque lo he sentido.
El problema no es que la experiencia directa no aporte nada. El problema es que lo que aporta no compensa lo que cuesta. Los horarios, la masificación, la pérdida de independencia, el cansancio acumulado — todo eso pesa más en la balanza que los momentos genuinamente buenos que el viaje también tiene.
Y los momentos buenos existen. La comida, por ejemplo. He ido a muchos restaurantes mexicanos en Madrid y ninguno se parece a lo que comí en México. Los ingredientes locales, la forma de prepararlo, el contexto — hay algo que no viaja. Eso sí lo valoro. Pero no es suficiente para construir un argumento a favor del turismo industrial.
"Viajar abre la mente"
Esta frase merece su propio apartado.
Es la respuesta automática cuando dices que no te gusta viajar. Que te abre la mente. Que te hace conocerte a ti mismo. Que te cambia. He observado durante años a personas que viajan con frecuencia. No veo el cambio. La gente que conozco que viaja regularmente vuelve exactamente igual que se fue, con mejores fotos y más anécdotas de aeropuerto.
Los únicos viajes que creo que producen el cambio del que se habla son de una naturaleza completamente distinta. No son viajes turísticos. Son personas que se van solas a lugares remotos sin plan, sin contactos, sin idioma, sin dinero — que se plantean el viaje como una prueba de supervivencia deliberada. Eso sí cambia a alguien. Pero eso no tiene nada que ver con hacer una ruta de cinco días por las capitales europeas.
El problema es que se usa la misma frase para dos cosas completamente distintas.
El álbum personal de grandes ciudades
Hay otro elemento que no me parece menor: una parte significativa del turismo moderno no tiene como objetivo la experiencia. Tiene como objetivo el registro de la experiencia.
La gente no viaja para crecer. Viaja para tener su propia cara delante de cada monumento famoso del mundo. Para construir un álbum que existe principalmente en redes sociales. Para demostrar que ha estado ahí.
No lo digo como crítica moral — cada uno hace con su tiempo lo que quiere. Lo digo porque creo que explica mejor la realidad de por qué viaja mucha gente que cualquier argumento sobre apertura mental o crecimiento personal.
Yo eliminé mis cuentas de redes sociales hace años. Eso cambia bastante la forma en que uno valora las cosas. Cuando no hay nadie a quien contárselo, muchas actividades pierden buena parte de su atractivo aparente.
El coste que nadie calcula
Hay una dimensión del turismo masivo sobre la que casi nadie reflexiona en el momento de comprar un billete: lo que cuesta de verdad mover a tanta gente por el planeta.
La mayoría de las personas asume que un avión contamina más o menos como un coche grande. No es ni remotamente así. Mover un avión comercial requiere cantidades enormes de queroseno, y aunque dentro vayan doscientas personas, la huella por pasajero sigue siendo muy superior a la de cualquier desplazamiento terrestre. Y el avión no es el caso más extremo: los grandes barcos de carga se mueven con los residuos del refinamiento de la gasolina — un combustible tan sucio que está prohibido en tierra — y un solo buque puede contaminar más que decenas de miles de coches juntos. La gente simplemente no lo sabe, y mientras no lo sepa, no va a conectar sus decisiones de consumo con sus consecuencias reales.
El abaratamiento de los vuelos ha tenido efectos positivos innegables. Ha abierto el mundo a personas que antes no podían permitírselo, y eso tiene valor real. Pero ha ocurrido algo que nadie anticipó o nadie quiso anticipar: volar se ha convertido en el plan por defecto. No solo para vacaciones largas, sino para fines de semana, para escapadas de cuatro días, para reuniones de trabajo que podrían ser perfectamente una videollamada pero que alguien decidió que debían ser presenciales porque siempre se ha hecho así. El resultado es una cantidad de vuelos que hace décadas hubiera parecido absurda, normalizada a una velocidad que no ha dado tiempo a medir sus consecuencias.
La ironía más clara de todo esto son las cumbres climáticas internacionales. Reuniones convocadas específicamente para tratar la crisis medioambiental, a las que cada delegación llega en avión privado. No es un detalle menor: es una señal inequívoca de que quienes deben liderar el cambio no están dispuestos a empezar por ellos mismos. Y si ese es el ejemplo que se da desde arriba, la cultura popular no tiene ningún incentivo para replantearse sus cuatro vuelos anuales.
Llevamos cientos de miles de años sin salir apenas de nuestra ciudad o de la región cercana. El turismo masivo en avión es un fenómeno de las últimas décadas, no una necesidad humana grabada en el ADN. Pero el marketing lo ha convertido en exactamente eso: en un requisito para completar una vida. Quien no viaja, se queda atrás. Quien señala el coste ambiental de viajar tanto, es un pesado con complejo de Greenpeace buscando excusas para no salir de casa.
No creo que la solución sea dejar de viajar. Creo que la solución es dejar de hacerlo como si no tuviera consecuencias. Cuotas en destinos masificados, tasas que reflejen el coste ambiental real del billete, límites racionales en los vuelos de negocios — son medidas que ya vamos tarde en implantar. Mientras tanto, la conversación sigue siendo incómoda para quien no quiere poner sus decisiones frente a un espejo.
Lo que sí funciona para mí
Mis mejores vacaciones son en mi pueblo. Un lugar que conozco desde pequeño, en medio de la montaña, sin horarios, sin listas, sin nada obligatorio que ver. Cada día decido sobre la marcha si me apetece perderme por el monte o simplemente no hacer nada. Sin transporte público del que depender. Sin compartir espacio con nadie que no elija. Con el silencio real que solo existe lejos de las ciudades, y con un cielo nocturno lo bastante limpio para ver las estrellas con claridad.
Eso recarga las pilas. Lo otro no.
El único viaje largo que recuerdo con buenos recuerdos fue México. Y creo que la razón es que fue más parecido a esto de lo que parece: fue un viaje de empresa en un resort, con descanso y ocio como eje central y un par de salidas culturales que añadían interés sin dominar la agenda. No estaba construido alrededor de optimizar el tiempo.
El viaje que de verdad me gustaría hacer algún día no cabe en cinco días: recorrer Italia de punta a punta, sin fechas, levantándome cada mañana y decidiendo sobre la marcha qué ver y cuándo moverme. Pero eso requiere meses, no días. Y el turismo industrial no contempla ese modelo.
No busco convencer a nadie
Entiendo perfectamente que hay gente para quien viajar es una de las mejores experiencias posibles. No tengo ningún interés en quitarle eso a nadie.
Lo que no acepto es la dirección contraria: la asunción de que quien no disfruta del turismo tiene algo que resolver. Que le falta perspectiva. Que se está perdiendo algo fundamental.
A veces, la conclusión más honesta después de hacer algo varias veces es que simplemente no es para ti. Y esa conclusión no necesita justificación. Solo honestidad.