Once años en consultoría: lo que aprendí y lo que dejé atrás
Una década larga trabajando en consultoría tecnológica. Lo que me dio, lo que me costó y por qué en algún momento decidí que era suficiente.
Pasé once años en consultoría tecnológica. No fue una etapa que dejé atrás con amargura — fue una etapa que me formó de formas que no hubiera conseguido en otro contexto. Pero también fue una etapa que decidí cerrar de forma activa, cuando el balance dejó de ser favorable. La decisión de cambiar tampoco fue fácil.
Esta es mi visión honesta de ese período, con lo bueno y con lo que no lo fue tanto.
Lo que la consultoría da que otros entornos no dan
La variabilidad es el mayor activo de la consultoría y también su mayor coste. En once años trabajé en ecommerce, ERPs, plataformas de booking, aplicaciones móviles, sistemas de gestión documental, plataformas educativas. Sectores distintos, clientes distintos, equipos distintos, tecnologías distintas.
Eso desarrolla algo que es difícil de adquirir de otra forma: la capacidad de adaptarse rápido. De entrar en un proyecto sin contexto, entender lo que hay, identificar lo que falta y empezar a aportar en poco tiempo. De trabajar con personas que no conoces, bajo presión, con expectativas que a veces no estaban bien definidas desde el principio.
Estando en una empresa de producto se aprende en profundidad. Se conoce el negocio, la arquitectura evoluciona contigo, entiendes cada decisión técnica porque estuviste cuando se tomó. Pero solo aprendes de una cosa. En consultoría aprendes de muchas cosas a la vez, y esa amplitud tiene un valor real que no siempre se reconoce en el mercado.
La flexibilidad y la capacidad de adaptación que tengo hoy no se hubieran desarrollado igual en un entorno con menos variabilidad y menos presión. Eso es algo que me llevé y que no cambiaría.
La realidad del día a día
Los proyectos duraban de media unos nueve meses, aunque había desde encargos de un par de meses hasta proyectos que se extendían más de dos años. Lo habitual era solapar varios clientes o proyectos al mismo tiempo, con todo lo que eso implica en términos de cambios de contexto y gestión de prioridades.
El contacto directo con clientes era constante. Algunos eran fáciles de gestionar. Otros no. Aprender a trabajar con clientes difíciles — a mantener la calma, a gestionar expectativas, a decir que no de formas que el cliente pudiera aceptar — es una habilidad que la consultoría te obliga a desarrollar aunque no quieras.
Lo que nadie te cuenta antes de entrar es que a veces se aceptan proyectos en tecnologías y arquitecturas que el equipo no domina, porque la facturación manda. Y entonces eres tú quien tiene que sacar adelante algo para lo que ni tú ni tu empresa estabais preparados. He vivido eso varias veces. Es una presión particular, diferente a la de un proyecto difícil en un stack conocido — es la presión de saber que el margen de error es mínimo y que el conocimiento que necesitas lo estás construyendo mientras lo necesitas.
Por qué decidí salir
No fue una decisión repentina. Tampoco fue fácil. Fue algo que se fue acumulando hasta que dejó de tener sentido seguir.
El estrés era constante. Las jornadas se alargaban más allá de un horario que ya era largo de por sí. Había proyectos que requería más recursos de los que había y que aún así tenía que llevar solo, o con pocas personas más. Y la sensación de soledad en esos momentos — cuando el proyecto es demasiado grande para una sola persona pero nadie más va a sumarse — es un desgaste particular que es difícil de describir a quien no lo ha vivido.
En algún momento el balance cambió. Lo que la consultoría me daba ya no compensaba lo que me costaba. Y cuando llegué a esa conclusión, tomé la decisión de forma activa. No esperé a que apareciera una oportunidad mejor — busqué una.
Lo que no echo de menos
Las jornadas interminables, claramente. El contacto constante con clientes difíciles. La sensación de tener que aceptar proyectos que sabía desde el principio que iban a ser problemáticos.
Pero sobre todo no echo de menos la falta de profundidad. En consultoría rara vez tienes tiempo de hacer las cosas realmente bien. Hay plazos, hay presupuestos, hay clientes que quieren resultados rápidos. Aprendes a hacer las cosas suficientemente bien, que no es lo mismo. Y con el tiempo eso pesa.
Lo que me llevé
La capacidad de adaptarme rápido a contextos nuevos. La experiencia de haber trabajado en sectores muy distintos y con personas muy distintas. La habilidad de gestionar clientes y expectativas. Y una perspectiva amplia sobre cómo se construye software en contextos reales, con todas sus imperfecciones y sus restricciones.
Nada de eso lo hubiera conseguido igual en otro entorno.
Una reflexión para quien esté considerando la consultoría
Dicho todo esto, quiero ser claro en algo: guardo un recuerdo muy bueno de esa etapa y de las personas con las que compartí esos años. No salí con amargura ni con nada que reprochar. Salí porque era el momento, y porque tomar esa decisión era lo más honesto conmigo mismo. La consultoría me dio mucho más de lo que me quitó, y las personas que conocí allí son parte importante de lo que soy profesionalmente hoy.
Es una etapa que puede tener mucho valor, especialmente al principio de una carrera. La variedad de exposición es difícil de igualar. Pero tiene un coste real que conviene conocer antes de entrar.
Si decides hacerlo, pon un límite de tiempo desde el principio — no como algo rígido, sino como una forma de obligarte a evaluar periódicamente si el balance sigue siendo favorable. Y cuando deje de serlo, sal de forma activa. No esperes a estar agotado para tomar la decisión.
Yo tardé once años en llegar a esa conclusión. Quizás con más claridad desde el principio hubiera tardado menos. O quizás no — a veces las cosas llevan el tiempo que llevan.